País Vasco y Francia – Pasaia Día 5

Nos despertamos en nuestro quinto día en el País Vasco en el que sería el día que peor nos haría, lloviendo y con aire.

Tras desayunar, nos pusimos rumbo a uno de los pueblos que más nos gustó de todo el recorrido que hicimos, Pasaia o Pasajes (en castellano).

Pasaia es un municipio muy singular, ya que está formado por cuatro distritos, tres de los cuales se encuentran en el cauce del río Oyarzun (Pasaje de San Juan, de San Pedro y Ancho) y otro más (Trincherpe) que se encuentra entre Pasaje de San Juan y Bidebieta, un barrio de San Sebastián.

Para aparcar dentro del pueblo es muy complicado, así que dejamos el coche en el parking que se encuentra en el puerto de Pasajes de San Juan. El parking es gratuito y, a pesar de que nos hizo mal tiempo, estaba bastante lleno.

Este distrito de Pasajes se caracteriza por tener una única, pero preciosa, calle que atraviesa todo el casco histórico, con pasadizos bajo las casas, txokos (locales o sedes de sociedades gastronómicas, que pueden ser también recreativas o deportivas) y demás detalles que hacen que esta calle te hechice.

Visitamos la casa donde, en 1.843, se alojó el escritor Víctor Hugo. Esta casa situada en la calle Donibane 63, aparte de tener una sala con exposiciones temporales, una permanente, “Víctor Hugo, viaje a la memoria”, es a su vez la oficina de turismo y su entrada es gratuita.

Tras conocer la casa donde se alojaba Víctor Hugo, pusimos rumbo a la ermita de Santa Ana, situada sobre las casas en la montaña que recoge bajo sí a Pasaia, desde donde se pueden obtener unas vistas increíbles de la bahía (incluso con mal tiempo, como nosotros 😀 ).

Para poder llegar a la ermita tendréis que seguir las estrechas calles de Pasaia hasta llegar a unas escaleras en un pequeño callejón, que os llevarán hasta arriba.

Bajamos y pusimos rumbo al punto más alejado que queríamos ver, el mirador Donibaneko, en la desembocadura del río Oyarzun. Según íbamos acercándonos empezó a llover, así que nos pusimos los chubasqueros y continuamos, pero al llegar a la playa de San Juan, vimos que el camino que subía era un auténtico barrizal, por lo que nos dimos la vuelta y nos sentamos en un chiringuito que había en el camino a esperar a que parase de llover y a tomar una cerveza.

Una vez que paró de llover, volvimos al pueblo y buscamos un sitio donde comer. Tras comernos unos bocatas en un bar de la plaza Santiago, calentarnos y secarnos un poco, cruzamos en un barco, que une el distrito de San Juan con el de San Pedro, para ir a la Factoría Marítima Vasca Albaola, un museo ubicado junto al astillero del municipio.

En este museo se recrean las grandes odiseas marítimas protagonizadas por los cazadores de ballenas y sus embarcaciones.

Podréis conocer de primera mano la historia marítima vasca a través de la construcción ante el público de una réplica de una de sus embarcaciones más conocidas: el ballenero del siglo XVI San Juan. La embarcación la están construyendo utilizando las herramientas y métodos típicos de la época, como por ejemplo, nos contaron que la brea que utilizan para las juntas la llevaron, a modo simbólico, desde Burgos hasta la factoría en burro y a través de caminos (sin usar ningún tipo de tecnología moderna).

Construcción de el ballenero San Juan - Pasaia
Construcción de el ballenero San Juan – Pasaia

Tras conocer un poco de la historia de estos intrépidos balleneros vascos y antes de cruzar al otro lado del río, acabamos de recorrer los pocos metros que quedaban desde la factoría hacia la desembocadura hasta llegar a un pequeño faro al cual hay que llegar a través de una estrecha pasarela.

Volvimos sobre nuestros pasos al barco que nos volvería a llevar hasta la otra orilla y subimos al parking para coger el coche y volver al camping. Cuando llegamos estaba lloviendo mucho, así que nos metimos en una de las tiendas a tomar unas cervezas antes de cenar e irnos a la cama.

Este día, la verdad, que no entraba dentro de nuestros planes, pero en los días anteriores habíamos visto pueblos que teníamos pensado para hacer otros días y decidimos ir, y mereció y mucho la pena. Sus calles entre las montañas, el río con el mar de fondo y su arte callejero hacen de Pasaia un pueblo que hay que conocer.

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